El cerco de Villajuan (Vilaxoán)

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Barral
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El cerco de Villajuan (Vilaxoán)

Mensaxe por Barral » 12 Feb 2004, 20:59

En una Ejecutoria de Hidalguía conservada en la sección de pergaminos del Archivo de la Real Chancillería de Valladolid (1513) correspondiente a mis antepasados, consta que uno de ellos "acudió al llamamiento que se hizo a los hombres hijosdalgos en el cerco de Villajuán".
¿Puede alguien darme datos históricos de dicha batalla y de porqué se cercó Villajuán y cuándo?
Gracias.

Barral
J. Barral de Guerin

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Per
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CERCO DE VILAXOAN,

Mensaxe por Per » 06 Mai 2005, 12:07

O chamado cerco de Vilaxoán, mais coñecido como Cal da Loba, non é duado na sua reconstrucción histórica, como todo o referente a saga do Mariscal Pedro Pardo, e a sua estirpe. Suliñar a pertenenza de esta curiosa fortaleza a casa de Andrade, enaxenada os Lemos e por arras de matrimónio dada a dona do Mariscal.

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JuandeGolmar
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Mensaxe por JuandeGolmar » 06 Mai 2005, 18:41

Me voy a permitir copiar una parte del libro publicado por Laiovento, hace años, cuyo título es "A apocalipse dos condes galegos" y cuyo autor es Juan I. Sánchez-Andrade, y que habla del castillo de Vilaxoan. Naturalmente el relato está novelado, pero no difiere gran cosa de lo que realmente debió suceder:

Poco duró aquella tranquilidad, pues en el mes del Antroido , de 1.484, vino a turbarla, una mañana, la visita de un viejo amigo de armas, don Fernán Arias de Saavedra, Señor de Gueriz y de Vaamonde, al que acompañaban dos de sus escuderos, que solicitaba su presencia para el testimonio que, ante el Licenciado Chinchilla, iban a prestar en La Coruña para reivindicar el buen nombre y lealtad a la corona de Castilla del Mariscal Pardo de Cela y reclamar los bienes, que le fueron confiscados a raíz de su ejecución y para ello precisaban el testimonio del señor de Barallobre.
Trató, en vano, de disculparse don Andrés, alegando que ya no tenía estado, bienes, ni vasallos, puesto que era un caballero derrotado, despojado y sin poder alguno.
Don Fernán Arias le respondió que su prestigio moral y su valentía eran sobradamente conocidos por todos y esa fortuna que poseía no la podía enajenar y que su presencia, en consecuencia, era muy valiosa. Hizo hincapié en su espíritu de caballero y el señor de Barallobre no halló motivo para negarse en acompañarle.
Montado, de nuevo, en su caballo, armado con su loriga y almofar no pudo, al despedirse, evitar que las lágrimas y sollozos invadieran el rostro de Constanza, lo que sorprendió agradablemente a don Andrés, que trató de tanquilizarla diciéndole que pronto estaría de regreso.
Se dirigieron al Castillo de Vilaxuán, cuyo dueño era Arias de Saavedra, para recoger a la hija del Mariscal, llamada Constanza, que era la esposa de Fernán Arias, que deseaba asistir a la mencionada reunión, puesto que trataba de recuperar el honor de su padre ajusticiado, que fuera puesto en duda por algún señor.
El fuerte roquero de Vilaxuán, al que también llamaban Caldaloba, de forma irregular y adaptado al terreno, era casi inexpugnable por estar construido sobre una roca cortada a pico y tener muy gruesos muros y profundos fosos. En el centro estaba la torre del homenaje de considerable altura, que dominaba sobre todo el entorno.
Al llegar don Andrés al castillo fue recibido por doña Constanza con grandes muestras de afecto.
- Nunca olvidaré la desinteresada ayuda que vos brindasteis a mi padre, el Mariscal, hasta tratar de compartir el mismo destino que él. Por ello, deseaba vuestra presencia en la reunión de La Coruña, para que deis fe de su hombría y lealtad a la reina de Castilla, ahora que hemos sido objeto de saqueo y privación de todos los bienes de mi padre por parte del nuevo Gobernador y otros cortesanos, que se los apropiaron.
- Señora, me siento honrado y orgulloso que os hubierais acordado de mí al fin que deseáis. El Mariscal, don Pedro, es un paladín irrepetible en la historia de esta nuestra tierra y hoy y siempre permanecerá en nuestro pensamiento, como guía de nuestros actos y pendón de nuestras reivindicaciones.
Después de cenar frugalmente se fueron a acostar, pues al día siguiente sería preciso madrugar para emprender nuevo viaje hacia La Coruña.
Antes de amanecer don Fernán fue alertado, puesto que llegara un mensajero del nuevo Gobernador que le traía un apremio exigiéndole la entrega del castillo de Vilaxuán, por orden de los reyes.
Esta imposición sorprendió y enojó en gran manera al señor de Saavedra, pues juzgaba que el nuevo Gobernador no iba a cometer los mismos pecados del anterior, pero se equivocó, pues don Diego López de Haro, que acababa de tomar posesión como nuevo Gobernador de Galicia en sustitución de don Fernando de Acuña, continuaba la implacable persecución de cuantos caballeros habían participado, con el inmolado Mariscal, en la revuelta gallega.
- Ya bastan las muertes, robos e infamias que, en nombre de la reina, nos han convertido en esclavos y, por consiguiente, contestadle al Gobernador, que el Castillo no se entrega. Hora es de que partan los huéspedes que invadieron Galicia -respondió altivo.
La fortaleza se encontraba rodeada por las fuerzas de Lope de Haro, que recibió como una afrenta personal a su autoridad la respuesta de don Fernán y, seguidamente, comenzó el asedio, que a los pocos días se hizo insostenible por las numerosas bajas que sufrían los defensores, provocadas, por el continuo fuego de las bombardas y de los trabucos, que traían los castellanos, que derruían la cerca del Castillo. A ello hay que añadir la escasez de hombres -tan sólo unos quince o veinte- armas, alimentos y agua, -al pudrírsele la del aljibe-, por parte de los defensores, que no se encontraban preparados para resistir un cerco que no esperaban y para el cual, según se ve, el Gobernador, ya venía dispuesto y, por encima de todo ello, los estragos de una terrible enfermedad que añadía aún más mortandad.
Lo que definitivamente derrumbó el ánimo de toda aquella gente, que trataba de defenderse de la manera que podía, fue la súbita muerte, a consecuencia de unas fiebres, de doña Constanza, que expiró, tan santamente como había vivido.
Durante el tiempo que duró la resistencia don Andrés combatió como en sus viejos tiempos, sin descanso y con la mayor bravura. Él fue el que izó en la torre del Castillo, junto al pendón de los Saavedra, la bandera con el águila del Mariscal que consideraba suya, lo que, al parecer, irritó aún más a López de Haro.

Ellos, eran tan sólo cuatro leones cercados por una inmensa manada de lobos que, mordisco a mordisco, les iban despedazando. En el entretanto, los nobles gallegos miraban desde sus castillos, unos con temor y otros con indiferencia, lo que allí acontecía. Cada cual trataba de salvarse en aquel Apocalipsis de la nobleza gallega. Unos muriendo y otros huyendo, los señores de la guerra, desaparecían del solar gallego. Esta del Castillo de Caldaloba fue la última gesta de los Condes gallegos que se tiene historia.
¿Apocalipsis? Sí, sin duda. Las visiones con que soñó en el Santuario de Las Pías se cumplieran íntegramente durante aquellos duros años. Tenían la guerra, despiadada, injusta y sangrienta, que no cesara desde la entrada de los castellanos. Había hambre en toda Galicia pues, al andar huidos los hombres por no querer servir a la reina en la guerra contra el moro, los campos estaban baldíos. La peste y la enfermedad, consecuencias de la necesidad, visitaban a diario todos los hogares y, por fin, la muerte de hombres, mujeres y niños era una presencia constante en toda la tierra y secuela de todo lo anterior. Era el exterminio y la agonía de un pueblo que fue orgullo de España. Era la desaparición de aquella Galicia próspera, que don Andrés de más joven conociera, aquella querida tierra, con sus romerías, sus mayos, sus antroidos, sus magostos, fiadeiras, enchentas, regueifas, danzas y muiñeiras y sus juglares declamando cantigas de amor, de amigo, de escarnio, de desafío... De toda aquella alegría ya no quedaba más que el recuerdo.

Aunque la defensa era ya imposible, puesto que en el Castillo de Caldaloba tan sólo quedaban poco más de media docena de defensores, enfermos y hambrientos, estos siguieron combatiendo, con el mayor coraje, deseando morir en combate, a fin de evitar la ejecución y, antes de ella, el tormento a que serían sometidos si se rendían, como ocurriera en otros lugares de Galicia. Las tropas del Gobernador, en gran número, después de vencer tan dura resistencia, penetraron en la fortaleza por todos los flancos, tras derribar puerta y muralla.
Tres de los defensores, que aún resistían, fueron muertos en combate, y a los otros los redujeron a mazazos. Así, inconsciente por varios golpes que recibió en la cabeza, fue maniatado don Andrés y sacado a rastras del Castillo. Igual suerte corrió Fernán Arias de Saavedra, herido de una pedrada.
Allí, como en casi todos los acontecimientos o batallas que se daban en aquellos tiempos, estaba presente, orgullosamente montado en un vigoroso corcel y con un bello penacho adornándole el yelmo, el criado en Galicia del rey don Fernando, don Diego de Andrade, con algunos de sus hombres, que si bien no intervino en la toma del Castillo, celebraba la suerte que habían corrido sus moradores y, haciendo suya la victoria, felicitaba por el éxito al Gobernador.

Pero en esta guerra comenzó la intervención de otras personas, ajenas a la misma, sin las cuales los acontecimientos se hubieran desarrollado y concluido de una forma bien distinta.
Presenciando estos hechos, desde fuera del castillo, estaban como una docena de mujeres, vecinas del lugar, de todas las edades, que al ver el estado lastimoso que presentaban los defensores sobrevivientes, comenzaron a injuriar al Andrade y al Gobernador.
- Bastardos, malnacidos. Ceibade os homes, que ningún mal vos fixeron; conainas, vós sodes centos e eles só catro carraxudos que valen mais que todos a vosa gandalla. Abusons, ceibadeos! .
El Gobernador que era hombre cauto y muy astuto, evitando enfrentamientos que podrían derivar en un alzamiento popular, se retiró del lugar, pero el Andrade, lleno de soberbia, se enfrentó a las mujeres.
- Fuera. Marchad mujerzuelas, e ir a la corte a cuidar los puercos, que esto no es tarea para vosotras.
- Cara de leite lambido!; suiño, auga mansa!; cospes pra riba, desleigado!; xuncras, traizoeiro!.. mais porco e fedorento que os cochos dos nosos cortellos es ti, fillo da pendanga!: cobarde, botaporela!; merco, pelandrán, calandraca!; lesma baballenta, mosca caiña -respondiéronle unas y otras a gritos.
Una de las mujeres, más atrevida, cogió del suelo excremento de caballo y, acercándose, se lo lanzó al rostro al Andrade que reaccionó furioso al verse corrido, escarnecido y despreciado de aquella manera.
- Prended a esa zorra.- bramó.
Se acercaron de mala gana a cumplir la orden varios peones de don Diego que fueron recibidos con una lluvia de piedras, que alcanzaron también al amo, viéndose obligados a retroceder pues llegaban más mujeres armadas con machadas, fouces, forcas e galletos que empezaron a atacar a los del Andrade. El griterío y confusión eran grandes.
A don Diego le faltó tiempo para correr a abrigarse entre sus hombres, huyendo de las pedradas, mientras sus pecheros mantenían una actitud defensiva ante el recio ataque de las mujeres, cuando se presentó en el lugar, nuevamente, el Gobernador montado a caballo.
- Alto. Paren, que quiero hablaros.
- Ceibade os agrilloados! Liberdade para os nosos! -pedía, a voces, la multitud de mujeres que se había congregado.
- El señor de Andrade me ha pedido deje libres a la gente del castillo -exponía Lope de Haro, tratando de lavar las culpas del Andrade- y yo, por aprecio y consideración hacia su persona, con agrado le concedo su pretensión. Podéis iros y llevar con vosotros a don Fernán Arias y su hombre y a don Andrés de Barallobre. Pero a ambos caballeros les hago saber que, antes de treinta días, deberán presentarse ante los reyes para ir a combatir, en la frontera, contra los moros.
El Andrade quedó con el rabo entre las piernas pues no había podido disfrutar de la ejecución de los prisioneros y, aún más, en lo que concernía a Fernán Arias al que no perdonaba el haberse marchado de su Casa, pero se consolaba sabiendo que las palabras del Gobernador significaban el destierro, de por vida, para los que consideraba ahora sus más directos enemigos.

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